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(1070) CÓMO SUFRE EL CEREBRO CUANDO UNA PERSONA SE QUEJA

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 Tener pensamientos negativos de forma habitual condiciona al cerebro a ser más pesimista.
Steven Parton, escritor y científico, indicó que quejarse afecta al cerebro y repercute de manera negativa en la salud mental.
 


El cerebro realiza una gran cantidad de sinapsis. Las neuronas están separadas por un espacio vacío conocido como hendidura sináptica. Cuando una persona tiene un pensamiento, una sinapsis dispara un químico a través de esta hendidura y crea un puente por el que cruza una señal eléctrica.
Parton explicó:
"Cada vez que se activa esta carga eléctrica, las sinapsis se agrupan para disminuir la distancia que esta carga eléctrica tiene que cruzar: el cerebro cambia sus propios circuitos, para hacer más fácil y más probable el desencadenamiento del pensamiento".

Tener pensamientos negativos de forma habitual condiciona al cerebro a ser más pesimista. También genera que sea más probable que los pensamientos negativos surjan al azar en la mente. Es decir, el pensamiento negativo tiene el puente más corto en el cerebro, en comparación al positivo.

Además, quejarse genera un cambio en las sinapsis del cerebro y produce un debilitamiento del sistema inmunológico. De esta forma, aumenta la presión arterial y el riesgo de sufrir enfermedades cardíacas, diabetes u obesidad.
 
Entonces, ¿cómo eliminar los pensamientos negativos que afectan al cerebro?
"Cuando vemos a alguien que está experimentando una emoción (ya sea ira, tristeza, felicidad, etc.), nuestro cerebro 'prueba' esa misma emoción para imaginar lo que la otra persona está pasando. Y lo hace intentando activar las mismas sinapsis en su propio cerebro para relacionarse con la emoción que está observando. Esto es, básicamente, la empatía", explicó Parton.

Una persona negativa libera más cortisol, que es la hormona del estrés. Niveles altos de esta hormona interfieren con "el aprendizaje y la memoria, la función inmune y la densidad ósea... y la lista continúa", indicó el científico.
Generar continuamente cortisol provoca estrés y produce dolores de cabeza, fatiga, tensión muscular, insomnio, irritabilidad y nerviosismo. El estrés se vincula con otros problemas de salud físicos como depresión, problemas digestivos, problemas de sueño, presión arterial alta e incluso un mayor riesgo de enfermedades del corazón.

Una investigación publicada en los Archives of General Psychiatry demostró que las personas optimistas viven más que las pesimistas. Tienen un 55% menos de riesgo de muerte por todas las causas y un 23% de menor riesgo de morir por insuficiencia cardíaca.
En este sentido, imágenes de resonancia magnética de un estudio de la Universidad de Stanford (USA) demostraron que la queja constante podría reducir el hipocampo, la región del cerebro responsable de las funciones cognitivas.


(1069) AFIRMAN QUE EL CONTACTO FÍSICO EN UNA PAREJA AYUDA A ALIVIAR EL DOLOR

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Una investigación de la Universidad de Colorado en Boulder (CU) (USA) explicó que el contacto físico en una pareja permite aliviar el dolor. "El tacto podría ser una herramienta para comunicar la empatía, resultando en un analgésico", indicó Pavel Goldstein, autor principal del estudio.


La investigación de la Universidad de Colorado en Boulder (CU) (USA), y publicada en la revista Scientific Reports, estudió la sincronización interpersonal en el contexto del dolor y el tacto.
·        Se analizaron  22 parejas heterosexuales que tenían una larga duración, de 23 a 32 años. Les realizaron determinadas pruebas en las que se buscaba imitar el escenario de la sala de partos.
·        Los hombres debieron cumplir el rol de observadores mientras las mujeres fueron expuestas a un leve dolor por calor en su antebrazo durante 2 minutos. Los instrumentos utilizados medían el ritmo cardíaco y respiratorio de las mujeres en diferentes situaciones: mientras estaban sentados juntos sin tocarse, sentados juntos tomados de la mano, o sentados en habitaciones separadas.

Los resultados demostraron que las parejas estaban más sincronizadas si se sentaban juntas.
·        Cuando la mujer sufría dolor y su pare ja no podía tocarla, no se sincronizaban.
·        Sin embargo, cuando ella sufría dolor y podía juntar las manos con su pareja, volvían a sincronizarse y el dolor disminuía.

Pavel Goldstein, el autor principal e investigador postdoctoral del dolor en el Laboratorio de Neurociencias Cognitivas y Afectivas de (CU) Boulder, afirmó que piensa publicar estos resultados en un futuro estudio y que espera que esta investigación ayude a dar credibilidad científica a la idea de que el tacto puede calmar el dolor.
"El tacto podría ser una herramienta para comunicar la empatía, resultando en un analgésico", indicó Goldstein.
El abrazo ayuda a proteger al organismo contra el estrés y las infecciones derivadas de esta alteración.

A pesar de los resultados obtenidos, no se analizó si los mismos efectos se producen en parejas homosexuales, ni cuál es el impacto si el dolor lo sufre el hombre en vez de la mujer.

Más investigaciones también sugieren la importancia del afecto y el contacto físico.

Un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Carnegie Mellon (USA) indicó que el abrazo y su manifestación de afecto ayudan a proteger el organismo contra el estrés y las infecciones derivadas de esta alteración.

Otro grupo de científicos de la Universidad de Duke (USA) demostraron que aquellas personas que no reciben gestos de afecto durante la infancia no producen suficiente hormona del crecimiento. Esto genera 'enanismo psicosocial'.

Además, estudios realizados en la Universidad de Carolina del Norte (USA) afirmaron que cuando las personas tocan o abrazan a alguien aumentan los niveles sanguíneos de oxitocina, conocida como la 'hormona del amor', al mismo tiempo que reducen la presión arterial y el ritmo cardíaco.

Karen Grewen, coautora del estudio, explicó:
"Pasear de la mano de nuestra pareja durante diez minutos, o simplemente un breve abrazo, pueden tener un efecto protector sobre el corazón al comenzar una dura jornada laboral".


(1068) EL SILENCIO Y SUS IMPORTANTES EFECTOS SOBRE EL CEREBRO

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La ciencia explicó que el silencio afecta al cerebro e influye sobre su funcionamiento.  Diversas investigaciones demostraron sus beneficios.
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La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un informe en 2011 donde reveló que 3 mil de las muertes sucedidas ese año en Europa occidental por enfermedad cardíaca se vinculaban con el exceso de ruido.


Una investigación realizada en Alemania por el Research Center for Regenerative Therapies Dresden (RCRTD) explicó que hay procesos cerebrales que solo se pueden llevar a cabo en silencio.
Para llegar a estas conclusiones, el RCRTD realizó un experimento con un grupo de ratones, dejándolos en completo silencio durante 2 horas al día. Asimismo, se observó la actividad de sus cerebros para comprobar si esto producía algún cambio.
Se descubrió que en todos los ratones estudiados había un crecimiento del número de células dentro del hipocampo. Se trata de la región del cerebro que regula las emociones, la memoria y el aprendizaje.
También se comprobó que las nuevas células nerviosas se integraban progresivamente al sistema nervioso central y que luego se especializaban en diferentes funciones. Es decir, el silencio había generado un cambio muy positivo en el cerebro de los ratones.
Al momento de descansar, el cerebro analiza la información y las experiencias a las que una persona ha estado expuesta. Después, selecciona lo importante y descarta lo que no sirve.
De manera similar, cuando una persona se encuentra en silencio, piensa más en sí misma y esto lleva a que limpie sus emociones.
Otra investigación de la Universidad de Cornell afirmó que los niños que viven cerca de los aeropuertos tienen un elevado nivel de estrés y una presión arterial más alta. Además presentan altos índices de cortisol, la hormona del estrés.

Un estudio llevado a cabo por la Universidad de Pavia midió los niveles cardiovasculares y respiratorios de un grupo de músicos mientras escuchaban una secuencia de melodías que estaba encadenada con breves momentos de silencio entre ellas.
Concluyeron que los mayores niveles de relajación se presentaban durante las pausas en las que el silencio era lo único que percibían. De esta forma, disminuía el estrés y los niveles de presión sanguínea.

Por todos estos motivos, los momentos de silencio son una buena oportunidad para conectarse con uno mismo y tener un mejor estado de ánimo.

El mindfulness es una buena opción para llegar a este estado. Se trata de la habilidad natural que todos tenemos de estar conscientes sobre qué está sucediendo en nuestra experiencia.
Estamos conscientes cuando podemos estar al tanto de lo que sucede en nuestro cuerpo y en nuestra mente mientras está sucediendo.

Otros beneficios del silencio:
·        Descansa la mente más que el dormir
·        Produce paz interior
·        Aumenta la concentración y la capacidad cognitiva
·        Reduce el estrés, por lo que disminuye los niveles de cortisol en sangre y los niveles de adrenalina



(55)  DYING  AT  HOME:  WHAT  I  LEARNED  FROM  MY  HUSBAND’S  DEATH
www.healthydebate.ca - Maureen Taylor

The night my husband died, I slept beside his corpse in our bed. All night. This wasn’t exactly by choice: the funeral home did not retrieve bodies after 8 p.m., and there was no other bed available for me to sleep in, as all our children were home to help care for their father.
I tell this story whenever I discuss the realities of dying at home. Even as a physician assistant, I did not appreciate the challenges — or the immense rewards — of caring for my husband at home until his death.


According to a 2014 Harris/Decima survey, of  those Canadians who express a preference for where they want to die, 75 per cent say they want to die at home, surrounded by loved ones.
Interestingly, another Canadian study found that those loved ones aren’t quite as keen on the experience: half of the patients who said they wanted to die at home had family members who hoped the death would take place in an institution, like a palliative care unit. No matter: The majority (about 65 per cent) die in a hospital, which isn’t anybody’s first choice.

The palliative care and hospice community often use this data to advocate for more government funding of community supports, such as personal support workers, to help people die at home. And they’re right that home care and palliative care access is too uneven across Canada and in urgent need of more funding.
But what we don’t understand is how many of these hospitalizations at the end of life could be diverted with more nursing, more personal support workers, more respite for family caregivers. I believe that without better education around what’s involved in dying at home, extra resources won’t be enough.

Dying is messy
It shouldn’t have to be painful anymore, though in some cases, only deep sedation can relieve the worst pain. But pain aside, there is no getting around the progressive weakness, the loss of appetite, the fluctuating level of consciousness, the need for diapers or a catheter, and eventually, the shallow, laboured breathing. None of this has to be distressing for the patient, who can, if needed, be heavily drugged or even sedated. But it can be extremely distressing for family members to witness, and it can go on for days and, in some cases, weeks.

When I worked as a physician assistant in the Emergency Department, I saw many patients brought in by ambulance in those last stages of their disease. When I spoke to the family members, it was often clear they were overwhelmed by very predictable symptoms. But no one had laid it all out for them before. They weren’t looking for miracles   — they accepted that death was inevitable —   but they felt unprepared and untrained for the burden of watching their loved one struggle to breathe, to communicate, to just let go. Sometimes a spouse confessed that as the husband or wife’s death neared, they worried they’d always associate the home with the death. And so, they dialed 911.

How can we better support those family caregivers so that they don’t end up in the emergency department? Prepare them. Acknowledge the messiness of death. And obviously, provide palliative care resources.

In our house, I had a frank discussion with all the kids and even our cleaning lady: no matter how bad Don looked, no one was ever to call 911. I knew that if he was taken to hospital, he’d never come home again, and he’d die there.
Our palliative care team had a binder that stayed on the kitchen counter, with Don’s Do Not Resuscitate order at the front.
We had a nurse we could call if his symptoms weren’t being managed well.
Don had opted for terminal sedation at the end: an induced coma, without food or fluids. The palliative care physician visited every few days to make sure the drugs were working, and to give us his best guess as to how much longer Don could go on like that.

I often see frail, elderly spouses who try to provide this care for their dying loved ones at home, and it wasn’t difficult to understand why they struggled. There’s no question that we were luckier than most families: I was relatively young, and we had the resources for me to stay at home and care for Don from the night they diagnosed his brain tumour until his death seven months later. Our children were incredibly strong and present, and we took turns doing even the most personal and intimate tasks for him.
Don had desperately wanted an assisted death, an option unavailable to him at the time. But if he had to die “naturally,” he told us, he’d prefer not to have strangers assisting him. In the end — only after Don was sedated, and with no small amount of guilt, we accepted help from those “strangers” to bathe him and turn him so he wouldn’t get bed sores.
There was so little comfort we could take in the fact of Don’s too-early terminal illness. But knowing that we helped him fulfil at least one of his wishes for his death  —that he die at home—  was comforting to us. And I thoroughly recommend it to other families if they can manage.

After Don died in my arms, all the kids came up to our bedroom and we surrounded him, breaking out his favourite scotch and sharing stories and memories. The palliative care doctor on call came to pronounce him dead and then I called the funeral home. And learned he’d be spending one more night beside me.

I’ll admit, it was weird. But as I pulled up the covers, I found they were mostly over on his side of the bed, and I smiled and looked over at his sweet face one last time. “Really Don? Hogging the covers, even in death?” And I slept soundly all night.

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Maureen Taylor was married to Toronto microbiologist Dr. Donald Low, who died of a brain tumour on Sept. 18, 2013. This article originally appeared on HealthyDebate.ca.


(1067) ¿CÓMO CAMBIA NUESTRO CEREBRO CUANDO APRENDEMOS A LEER?


www.elcastellano.org
Nicola Bell, Queensland University
www.CienciaToday.com

Ahora mismo, estás leyendo estas palabras sin mucho esfuerzo y sin realizar un pensamiento consciente. En ráfagas superrápidas, tus ojos están saltando de izquierda a derecha de la pantalla, dándole sentido de alguna forma a unas letras que de otro modo serían como una serie de garabatos negros.

La lectura para ti, no sólo es fácil, sino que es automática. Ver una palabra y no leerla es casi imposible porque los engranajes del procesamiento del lenguaje escrito se ponen en marcha tan pronto como los lectores ven cualquier palabra.
Sin embargo, aunque sea tentador pensar que leer forma parte de nuestro cableado interno, no hay que dejarse engañar. Aprender a leer no es fácil. De hecho, ni siquiera es natural.

Las primeras pruebas que demuestran la existencia de un lenguaje escrito son de hace 5 mil años. Una pequeña fracción comparada con los 60 mil años que hace que los humanos utilizan el lenguaje verbal.
Esto quiere decir que nuestra especie no ha tenido el tiempo suficiente como para evolucionar las redes cerebrales que nos predisponen a la alfabetización. Sólo a través de años de práctica y a la instrucción que vamos recibiendo a través de la educación somos capaces de forjar estas conexiones por nosotros mismos.

¿Cómo aprende a leer el cerebro?
Nuestro cerebro está constantemente reorganizándose. Cada vez que aprendemos una nueva habilidad, las conexiones entre las neuronas que nos permiten realizar esa habilidad se hacen más fuertes. Esta flexibilidad se ve intensificada durante la infancia, y es por eso que el aprendizaje es mucho más fácil antes de la adolescencia.
Cuando un niño se alfabetiza, no tiene de repente y mágicamente un ‘centro de lectura’ en el cerebro. En su lugar, se crea una red de conexiones neuronales que vincula áreas existentes que no estaban vinculadas con anterioridad. La lectura se convierte en una forma de acceder a la lengua a través de la vista, lo que significa que se basa en una arquitectura que ya se utilizaba para reconocer patrones visuales y para entender el lenguaje hablado.

El viaje de una palabra
Cuando un lector experto se encuentra con una palabra impresa, la información viaja desde sus ojos hasta su lóbulo occipital (que se encuentra en la parte posterior del cerebro), donde se procesa como cualquier otro estímulo visual.
A partir de ahí, la información se desplaza hacia el giro fusiforme izquierdo, también conocido como el ‘buzón’ del cerebro. Aquí es donde los garabatos negros son reconocidos como letras de una palabra. El "buzón" es una parada especial en el viaje de la palabra, ya que sólo se desarrolla como resultado de aprender a leer. No existe en los niños muy pequeños o adultos analfabetos, y se activa menos en las personas con dislexia, que tienen una diferencia biológica en la forma en la que sus cerebros procesan el texto escrito.
Las palabras y las letras se almacenan en el buzón, no como formas o patrones memorizados de forma individual, sino como símbolos. Esta es la razón por la que un lector experto puede reconocer una palabra rápidamente, independientemente de la fuente, las MaYúsCuLaS o el tipo de letra.
La información viaja desde el buzón hacia los lóbulos frontal y temporal del cerebro, para elaborar significado de las palabras y la pronunciación. Estas mismas áreas se activan cuando oímos una palabra, por lo que están especializadas en el lenguaje, y no sólo en la lectura o en la escritura.
Gracias a que la información puede viajar muy rápido a través de las carreteras sinápticas del lector experto, todo el trayecto dura menos de medio segundo.
Pero, ¿qué ocurre en el cerebro de un niño de cinco años de edad, cuyas carreteras están todavía en construcción?

El cerebro en desarrollo
Para los niños pequeños, el proceso de obtención del significado de una palabra escrita es lento y requiere esfuerzo. Esto se debe en parte a que los lectores que comienzan aún no han construido una tienda de palabras familiares que puedan reconocer a simple vista, por lo que en su lugar deben ‘sondear’ cada letra o secuencia de letras.
Cada vez que los niños practican la decodificación de palabras, forjan nuevas conexiones entre las áreas del cerebro que se encargan del lenguaje escrito y las que se encargan del lenguaje oral. Gradualmente van añadiendo nuevas letras y nuevas palabras importantes al buzón del cerebro.
Recuerda, cuando un lector experto reconoce una palabra de un vistazo, él está procesando las letras de la palabra y no su forma.
Por lo tanto, la alfabetización puede apoyar el aprendizaje de los niños, poniendo de manifiesto el carácter simbólico de las letras. En otras palabras, llamando la atención sobre las relaciones entre las letras y los sonidos del habla.
Aquí, la evidencia de la investigación sobre imágenes cerebrales y la investigación educativa convergen para mostrar que las primeras clases de fonética pueden ayudar a construir una red de lectura eficiente en el cerebro.

¿Qué deparará el futuro sobre el desarrollo de la alfabetización?
A medida que la tecnología evoluciona, también lo debe hacer nuestra definición de ‘leer y escribir’. Los cerebros jóvenes ahora necesitan adaptarse no sólo al lenguaje escrito sino también a los medios rápidos de difusión a través de los cuales se presenta el lenguaje escrito.
Sólo el tiempo nos dirá cómo esto afecta al desarrollo de esta misteriosa esponja de color rosa que tenemos entre los oídos y que solemos llamar cerebro.