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Cuento 004 - "Buenas Compañeras"

Cuento 004 - "Buenas Compañeras"
Iris Herrera de Milano
Santiago, 29 de Enero de 2010



Carolina era una hermosa y dulce novicia aspirante a convertirse en Hermana de la Orden de las Ismaelinas.
Llevaba apenas un año en el convento de Santa Emerenciana y ese tiempo había sido suficiente para que destacara en la oración, el desarrollo espiritual y el trabajo manual, como lo establecían los postulados de la Orden.

Carolina se esmeraba en hacer lo mejor para servir adecuadamente al Señor y hacerse merecedora de ser aceptada en la Orden y así, algún día, llegar a ser Monja.
Distribuía su tiempo entre la oración con los Salmos, la lectura espiritual, los estudios de enfermería, y el trabajo en la comunidad para enseñar oficios a la gente del pueblo.

Se imponía a sí misma una rigurosa disciplina, para poder cumplir con las exigencias de su formación como religiosa.
Se levantaba muy temprano, en la madrugada, y después de bañarse iba a la misa en la capilla del Convento.

 
Luego, destinaba la siguiente hora a la lectura del Libro de los Salmos de David. Seguidamente, a las 7 y media de la mañana, se dirigía al refectorio y compartía el desayuno con las otras dos estudiantes: Aurora, quien había ingresado al mismo tiempo que Carolina, y Amanda, quien ya estaba en su primer año como Postulante admitida.

A las 8, tras lavar los platos, tazas y cubiertos que había utilizado para su desayuno y de haberlos secado y guardado en su lugar, recogía los útiles de costura y se encaminaba hacia los salones de la Escuela de Oficios que funcionaba al lado del Convento.
Allí, las integrantes de la Orden impartían clases (de costura, cocina, contabilidad, ebanistería fina de pequeñas piezas, y repujado en cuero)  a la gente de Santa Emerenciana, y se esperaba que ello les fuera útil para trabajar y volverse independientes económicamente.

A las 12, Carolina volvía al Convento, almorzaba, se aseaba y leía el periódico para enterarse de lo que pasaba en el país y el mundo.
A eso de la 1:15 de la tarde se iba al Hospital a tomar clases de enfermería.
El deseo de Carolina era terminar los estudios para prestar sus servicios a quienes vivían en el Convento y, en general, a la población de Santa Emerenciana.

A las 4:30 de la tarde estaba de regreso en el Convento y se iba a la habitación de las Postulantes.
A Carolina le correspondía efectuar el aseo del baño y lo hacía a esa hora de la
tarde. Inmediatamente después, lavaba su ropa, trabajaba en el huerto del Convento y, al terminar, se enfrascaba en la meditación y lectura para consolidar su propia formación espiritual.
Dedicaba especial atención al estudio de las Virtudes: la caridad, la humildad, el optimismo.
En general, la sobriedad de la vida de Carolina transcurría en completa armonía con la modestia del ambiente que la rodeaba.

Se sentía muy a gusto en el Convento. Le gustaba esmerarse en actuar lo mejor posible y respetar a todos. Sentía el sencillo placer del deber cumplido y de poder colaborar en algo con la comunidad.

Amanda, la Postulante, quien había tenido oportunidad de conocer un poco más a
Carolina, hablaba muy bien de ésta a la Hermana Rectora; acerca de la bondad de su conducta, su piedad y de cómo era evidente su interés por las demás personas.

Pasó otro año. Carolina se iba haciendo cada vez más conocida por su generosidad y buena disposición para dedicar su tiempo a la enseñanza y atender a los enfermos, especialmente a aquéllos muy ancianos que no tenían familia que se ocupara de ellos.

Acercándose ya el final del período del Noviciado, Carolina aguardaba cuál sería la decisión de la Hermana Rectora.
¿Sería aceptada como Postulante de manera ya oficial?

La hermana Rectora, por su parte, desde hacía algunos días venía analizando y evaluando la actuación de Carolina.
Realmente no encontraba objeción a aceptarla. Lo único que la hacía dudar era esa alegría que observaba en el rostro de Carolina.

En un par de ocasiones, Amanda, la estudiante más adelantada de todas, le había hablado de la excelencia de Carolina, del gusto por hacer el bien a los demás, y de la satisfacción que la Novicia sentía por ello.
Esto le dió la clave a la Hermana Rectora.
Era más prudente esperar otro año, a que Carolina tuviera tiempo de madurar aún más y aprendiera a controlar esa alegría por el trabajo realizado, pues eso podría llevarla a caer en el pecado del Orgullo.

Al día siguiente le pidió a Carolina que se presentara en la Sala Capitular. Le comunicó su decisión y le explicó la razón para tomarla. Carolina aceptó la recomendación de la Hermana Rectora de tomar conciencia del riesgo del Orgullo, y le agradeció la oportunidad de continuar aprendiendo como Novicia todavía durante un año más.

Cuando las tres estudiantes se encontraron esa noche en su habitación común, Amanda y Aurora le preguntaron a Carolina cómo le había ido en la evaluación y ella les contó que necesitaba pasar un año más para superar el Orgullo.

Se apagaron las lámparas en la habitación y Amanda  -en la impunidad garantizada por la falta de luz-  sonreía de placer, con envidia evidente, feliz por haber logrado su objetivo de cortarle el ascenso a Postulante a la mosquita muerta de Carolina.

¡No quería competencia tan fuerte cuando apenas estaba empezando su carrera religiosa!




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