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(991) LA SECRETA CONEXIÓN ENTRE EL EJÉRCITO AMERICANO Y LOS CHEETOS

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Carolina Heredia
 
Los soldados se volvieron adictos al queso y llegaron a almacenar más de 25 millones de latas de un cuarto de libra del queso de Kraft

Los grandes amantes del queso saben apreciar lo sedoso de un Gouda y lo salado de un Emmental. El olor fétido pero a la vez fresco de un buen queso. El moho de un Roquefort y lo líquido de un Camembert. Sin embargo, no se necesita ser gourmet para experimentar una confusión de sentimientos que surgen al abrir una bolsa de Cheetos.
Todo ser humano que haya tenido una pieza de esta fritura en sus manos puede llamarse así mismo un experto.

La historia de los grandes discos de queso se remonta a un pastor que por casualidad descubrió, tras un largo viaje, que la leche que llevaba en su odre estaba cuajada.
Y surgieron las diferentes técnicas de creación. Calentar la cuajada a la temperatura adecuada, agitarla más o menos. Añadirle o no un poco de moho. Dejar el producto reposar dos semanas o dos años. Allí está la diferencia de un buen queso.

Años de perfeccionar la técnica ahora se reducen a una envoltura de celofán que guarda la delicia de muchos, unos Cheetos.

Sin embargo, ¿cuándo, dónde y cómo surgió esta fritura?
 Fue en los albores del siglo XX cuando los grandes productores de queso, entre ellos James Kraft, patentaron las sales emulsionantes. Al mezclar este nuevo descubrimiento con el queso tradicional se produjo una mezcla similar al queso pero resistente a las altas temperaturas y que, además, era posible almacenar por más tiempo.
Resultó aún mejor que la producción de este nuevo hallazgo era de bajo costo, pues se fabricaba de las cortezas y trozos de los discos de queso. Así que su precio comercial también era barato.

Entonces llegó la Primera Guerra Mundial y el ejército americano realizó una compra de 25 millones de latas de un cuarto de libra de Kraft.  El producto venía en un solo sabor.

Para la Segunda Guerra Mundial, los soldados eran adictos al producto de Kraft. Lo consumían solo, en sandwich, como aderezo de verduras y pastas.
Sólo en 1944 el ejército compró más de 100 millones de libras a la Corporación Nacional de Productos Lácteos  - que adoptaría el nombre de Kraft en 1969-  así como 500 mil libras de queso para untar y acompañar así las raciones de guerra.

El furor por el queso despertado por los soldados, se tradujo en investigaciones.
Las investigaciones produjeron un nuevo descubrimiento: el polvo de queso.
El primer polvo auténtico de queso fue desarrollado en 1943 por el científico George Sanders.

Sanders hizo lo hasta entonces impensable: dividió el proceso de creación en dos pasos.  En el primero, secó el queso (desmenuzado o rallado) a una temperatura baja. Cuando parte del agua se evaporó, molió el queso y lo deshidrató a una temperatura más alta. Después, formó pasteles.

El producto de Sanders se dió a conocer al público con la imagen de un soldado con el torso desnudo alimentando a un segundo soldado envuelto en una parka, con un pastel de queso en un palo puntiagudo.
Cuando la guerra terminó en 1945, el ejército tenía almacenes rebosando de queso deshidratado. El excedente de la guerra se vendió a precios absurdos a las grandes empresas. Entonces los productores se aliaban con los envasadores y a su vez, con los mercados.
Así, en lugar del auténtico queso, los comerciantes optaron por mezclar el polvo de queso con los alimentos para añadir sabor. Surgieron así los snacks.

En 1948 la Compañía Frito  (que se fusionó con HW Lay & Company en 1961 para convertirse en Frito-Lay, Inc.)  debutó con los primeros bocadillos hechos con el queso cheddar que habían consumido los soldados durante la guerra, en forma de pequeños paquetes. El creador de esta gran idea fue Charles Doolin, un proveedor del ejército.


La fabricación se inició en San Diego, después se extendió a Salt Lake City, Dallas y Los Ángeles, donde pronto, se produjo una mezcla de harina de maíz frita en aceite y recubierta con queso deshidratado color naranja y de forma retorcida: Cheetos.

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