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(918) LA REVOLUCIÓN DE LAS NEUROPRÓTESIS

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Nuestro cerebro gestiona todas las funciones del sistema nervioso, desde generar un pensamiento hasta mover un dedo, mediante un lenguaje consistente en impulsos eléctricos.
Los científicos saben que el control de estas señales equivale a controlar el cuerpo, y de ahí que las estén aprovechando para remediar o aliviar una larga lista de enfermedades y discapacidades.

Las neuroprótesis y los neuroimplantes son "ingenios" que, colocados en algún punto entre el cerebro y un órgano o tejido, restauran la facultad perdida.


Los tetrapléjicos están entre las personas que más pueden beneficiarse de estos avances.
A los músculos de sus piernas y brazos no les sucede nada malo. Su parálisis se debe a que las órdenes que les manda el cerebro   –“sube”, “muévete a la derecha”, “dobla la articulación”, “contrae”, “relaja”–   nunca les llegan.

Y todo porque la médula espinal    -que normalmente se comporta como una de esas telefonistas de las antiguas centralitas que conectaban a dos interlocutores-   está lesionada y no puede enchufar los cables que permiten mandar información, tanto del cerebro a los músculos como en sentido contrario.

Así las cosas, ¿por qué no sortear a la médula y hacer que los mensajes del cerebro lleguen directos a los músculos a través de una especie de puenteo?

Es lo que hace unos años se propusieron Lee E. Miller y sus colegas de la Universidad Northwestern, en EE. UU. El resultado de su trabajo es una sofisticada interfaz cerebro-computador que ha funcionado con monos, a los que les permitió mover sus brazos paralizados por la anestesia.

El dispositivo capta las señales cerebrales mediante electrodos y las traduce en pequeñas corrientes que se liberan en los músculos durante menos de 40 milisegundos. Como consecuencia, éstos se contraen con total naturalidad para, por ejemplo, agarrar un balón.

La investigación deparó una sorpresa: cada vez que nos movemos, tanto en nuestra sesera como en la de los primates, se activan un millón de neuronas, pero, para esta neuroprótesis, a los científicos les bastó con captar y aprender a interpretar los mensajes que envían apenas un centenar de ellas.



Según decía Miller en Nature, son esas 100 neuronas las que envían la orden final para ejecutar un movimiento después de que sus compañeras hayan resuelto complicados cálculos sobre cómo realizar una acción concreta, con una velocidad y una fuerza determinadas, en una serie de músculos sincronizados como en una orquesta sinfónica.

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