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(901) LA SOLITARIA VIDA DE LAS NIÑAS DIOSAS DE NEPAL

Patricio de La Paz, Nepal
para www.eltiempo.com
Niñas de 4 años son elegidas como Kumaris, reencarnaciones de la diosa hindú más querida.

Samita Bajracharya nunca mira a los ojos. No habla con quienes la visitan. Ni demuestra sentimientos. Lo tiene estrictamente prohibido.
En público, jamás estallará en carcajadas ni se conmoverá hasta las lágrimas. No tiene opción: una chica como ella debe saber de memoria y ejercer sin equivocaciones el estricto libreto de comportamiento que corresponde a su altísimo rango. No es fácil ser una diosa viviente en Nepal. Menos aún con apenas 11 años.

Es pasado el mediodía de un martes, y Samita está sentada en un trono que le queda demasiado pequeño. Lo usa desde los 7 años, cuando los sacerdotes de Patan –un pueblo en las afueras de Katmandú (capital de Nepal)– la eligieron Kumari: la reencarnación de la diosa Taleju, la más importante del país.

Como cada día desde entonces, Samita está vestida de rojo, el color de la buena suerte y la energía. Está sola, descalza y lleva los ojos delineados de negro. Con esa raya gruesa que su madre le dibuja cada mañana, con pulso firme, desde los lagrimales a las orejas.

Tres Kumaris son las más importantes en Nepal: 
las de Katmandú -la principal-, Bhaktapur y Patan. Foto: AFP.

En nepalés, ‘kumari’ significa virgen. Pero cuando aquí se habla de Kumari con mayúscula, el asunto alcanza ribetes celestiales: se usa para designar a las niñas consideradas la versión humana de la más querida diosa hindú.
La selección de las candidatas sigue la línea de la mezcla espiritual de Nepal, donde el hinduismo convive de forma armónica con el budismo. Por eso, a nadie aquí sorprende que las aspirantes a Kumari sean buscadas entre familias budistas, pese a que deben demostrar que en su cuerpo reside una diosa hindú. Ya ungida, es adorada por ambas religiones.

No es fácil convertirse en Kumari. La niña debe cumplir 32 condiciones físicas que los textos tradicionales describen a su manera. Dicen, por ejemplo, que debe tener las pestañas de una vaca, el cuello de una concha marina, los muslos de un ciervo, el pecho de un león, la voz de un pato, cabellos y ojos oscuros, manos y pies pequeños, todos sus dientes de leche. Tampoco puede tener marca alguna sobre la piel.

El cumplimiento de cada requisito es certificado por un grupo de sacerdotes en un templo. Luego, un astrólogo estudia la carta astral de la seleccionada. El último paso es la aprobación de los padres para que su hija sea Kumari. Siempre aceptan: en Nepal, esto es el máximo honor.

El asunto, desde entonces, es sin arrepentimientos. Y no siempre cómodo. La niña diosa empieza una infancia atípica, encerrada entre cuatro paredes; venerada, pero sola. Sin ir al colegio, sin amigos, sin siquiera pensar en saltar la cuerda.
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No se sabe cuándo comenzó esta tradición. Pero hay una leyenda que intenta la respuesta. Cuenta que los reyes de la dinastía Malla, que gobernaron 500 años, tenían contacto directo con la diosa Taleju. Hablaban en las noches y ella los aconsejaba. Todo iba bien hasta el siglo XVII, en que el asunto se fue al carajo por culpa de los celos.
La esposa del rey Trailokya Malla estaba intrigada por las visitas nocturnas de su marido a una habitación del palacio. Una noche decidió seguirlo. Y, de improviso, abrió la puerta. Allí lo encontró conversando con Taleju. La diosa se puso furiosa y, antes de desaparecer, le advirtió al monarca:  “Ya no me encontrarás en persona. Si quieres verme de nuevo, elige a una niña hermosa que cumpla los 32 signos de la perfección. Adórenla, pues a través de ella te daré consejos”.
El rey obedeció de inmediato y encontró a la que sería la primera Kumari de Nepal. Sus sucesores continuaron con la tradición, que no se ha detenido en casi 350 años.

Hoy, cuando en Nepal ya no hay reyes, pero sí diosas vivientes, son tres las principales Kumaris. La más importante es la de Katmandú, que vive en un palacio bajo el cuidado de una familia postiza. Es la única que no puede vivir con sus padres.
Está también la Kumari de Bhaktapur. Y está Samita, la taciturna diosa viviente de Patan.
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Como Samita no habla, su madre lo hace por ella. Es su voz autorizada. Purna Shova es una mujer amable, de sonrisa fácil, pero muy tímida. Dice lo justo y necesario:
-----Mi hija fue elegida Kumari en el 2009. Nunca imaginé que este sería su destino. El día que la traje al templo y fue escogida por los sacerdotes yo estaba muy emocionada. Tuve miedo.
¿Por qué miedo?
-----Porque no sabía lo que vendría después. Gente de todo Nepal empezó a venir a verla.

La familia siguió viviendo en la casa de siempre, al lado de un templo budista. En esta casa de madera de tres pisos, la niña vive con su madre, quien dedica todas sus horas a cuidarla; con su padre, Kul Ratna, artesano en una joyería; y con su único hermano, Samin, quien estudia en la universidad.
"Cada día –cuenta la madre– llegan los devotos para recibir la bendición de la Kumari:  Hombres que buscan éxito en nuevos negocios; estudiantes que necesitan suerte en sus exámenes; enfermos que quieren fortalecer la salud”.

A la Kumari de Katmandú le tocan visitas más ilustres. Cuando en Nepal había monarquía –duró hasta el 2008–, la diosa viviente de la capital le daba la bendición al rey. El monarca se arrodillaba y le tocaba los pies con la frente; luego, ella le ponía la tikka roja (marca entre las cejas). Hoy lo hace con el Presidente.

Las Kumaris, cualquiera de las tres, siempre están enclaustradas. Y cuando salen –no más de una docena de veces, para presidir fiestas religiosas–, no pueden pisar el suelo. A la diosa viviente de Katmandú se le pone una tela blanca para que camine hasta su carruaje. En Patan, donde las sofisticaciones son menos, a Samita la carga su padre en brazos.
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Metidas entre cuatro paredes, antes las Kumaris no recibían instrucción académica. Y como este rol divino lo toman desde muy pequeñas –a los 3 ó 4 años–, ocurría que a los 11 ó 12 años muchas eran prácticamente analfabetas.
Hoy, las cosas han cambiado: está establecido, de manera obligatoria, que un profesor las visite cada mañana, por tres o cuatro horas. Y que aprendan lenguaje, historia, matemáticas, incluso inglés.

Samita no fue la excepción. Todos los días recibe a un maestro de un colegio jesuíta, quien le da lecciones gratuitas. Las clases son frente al computador que la misma escuela le regaló, y que la diosa mantiene sobre un diminuto escritorio en su pieza. “No tiene conexión a Internet”, explica la madre.

La habitación de la Kumari de Patan es sencilla. Hay una cama sencilla, sobre la cual se ve una guitarra. Hay un mueble con puertas de vidrio, donde guarda las ofrendas acumuladas estos años: sobre todo pulseras, todas rojas. Y en la muralla frente al computador hay dos dibujos hechos por la diosa: montañas, árboles y pájaros pintados con trazos infantiles; salidos de la imaginación de quien no puede verlos en vivo desde hace demasiado tiempo.
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Una Kumari deja de ser Kumari en el mismo instante en que deja de ser niña: cuando le llega su primera menstruación. La diosa Taleju abandona entonces el cuerpo que eligió para reencarnarse.
Y la niña, que ya no es considerada pura, vuelve a ser una simple mortal. En ese momento, como sucede hace siglos, otra Kumari es elegida; y la antigua debe volver al mundo real, que escasamente conoce.

Rashmila Shakja, de 34 años, Kumari entre 1984 y 1991, 
plasmó su experiencia en el libro 'De diosa a mortal'. Foto: AFP

Es un regreso difícil. En su libro "De diosa a mortal", Rashmila Shakja –Kumari de Katmandú entre 1984 y 1991– cuenta lo duro que fue volver a vivir con sus padres y hermanos, extraños para ella.
Después de dejar su palacio y a su familia sustituta, lloró por semanas. Además, tuvo que aprender cosas básicas. Por ejemplo, a usar zapatos: “Era pésima caminando con ellos. Mis hermanas me decían: ‘te mueves como un caballo, poniendo un pie firme sobre el suelo antes de levantar el otro’ ”.

En el colegio, Rashmila debió entrar a un nivel inferior al que le correspondía por edad. A los 13 tuvo que compartir curso con su hermana chica, cuatro años menor. “Se suponía que yo sabía todo, pero de hecho no sabía nada”, escribe en su libro. Pese a todo, se siente orgullosa de haber sido diosa.

Cada cierto tiempo, distintas ONG alegan que la institución de las Kumaris vulnera los derechos del niño. Que llena a las chicas de obligaciones, y que la infancia no se trata de eso. 
A mediados del 2006, la Corte Suprema de Nepal ordenó al Gobierno un informe sobre el tema. Ni esa vez ni nunca se ha llegado a sanciones. Y es obvio: esta antigua tradición está metida en el ADN nepalés.

Ex-Kumaris se han defendido de los mitos en torno a ellas. Niegan que para poner a prueba su coraje se las pasee una noche entre 108 cabezas de búfalos sacrificados. O que sea cierto que les cuesta casarse, pues quien desposa a una exdiosa se muere joven, vomitando sangre. “Eso es mentira. Muchas antiguas Kumaris se han casado, han tenido hijos y son felices”, dice Rashmila en su libro. Ella, a los 34 años, sigue soltera.
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Samita continúa en su trono. Toda la sala huele a incienso y a velas quemadas. La oscuridad aquí dentro es casi total. En Nepal, todos los días hay cortes de luz que duran horas. De eso no se salva ni una diosa.
Saco de mi bolsillo 300 rupias nepalesas. Son poco más de 3 dólares. Es costumbre dejarle a la diosa pequeñas cantidades de dinero, como agradecimiento.
Luego saco la ofrenda que me sugirió Bijaya Neupane, el amigo nepalés que me acompaña. Le paso a la diosa un chocolate importado, relleno con almendras. Ella lo acaricia con disimulo. Es el único momento de esta tarde de enero en que esta pequeña diosa infranqueable se ve como una niña que recibe feliz un regalo. Algo así ocurrió una vez cuando alguien le ofrendó una Barbie.
Más tarde, cuando ya hemos dejado a la diosa sola en la penumbra, la madre dirá que se siente honrada por tener a una Kumari en la familia. Pero que últimamente le ha dado por pensar acerca del instante en que su hija deje de serlo.
–---¿Y qué piensa?
-----En que no sé cómo será su vida... Ella ha estado tanto tiempo aquí dentro, protegida, bendecida... No sabrá cruzar las calles, le dará miedo el tráfico, se va a asustar con las bocinas.
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Esa tarde calurosa de enero, nadie podía saberlo. Pero sucedió. Me lo contó Bijaya, mi amigo nepalés, quien ha regresado varias veces a ver a la diosa de Patan. Me lo dijo hace pocos días, con pesar.
A mediados de marzo pasado, Samita Bajracharya tuvo su primera regla y dejó de ser Kumari.
En ese momento, la diosa Taleju abandonó el cuerpo de esta niña, que recién cumplió 12 años y que ahora, impura, debe vérselas con la vida terrenal.


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