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(752) LA MUERTE DE LA PRIVACIDAD EN LA OFICINA

Lucy Kellaway
Columnista del Financial Times, especial para la BBC

La sala de redacción de la BBC debe ser una de las oficinas más escudriñadas en todo el país. Es un espacio abierto, los escritorios están en filas y hay un mar de personas mirando embobadas a pantallas de computadoras.
Es más o menos como mi propia oficina. Con una diferencia: en la mía, que también es un espacio abierto, si estoy en mi escritorio haciendo una oferta en eBay, sólo corro el riesgo de que mi jefe esté fisgoneando desde detrás.

En la BBC, el riesgo es que te vean 10 millones de personas que hayan sintonizado las noticias. Por eso hay un veto sobre las chaquetas fluorescentes y la gente sólo puede ir al baño siguiendo una ruta determinada.

Al mirarlos, uno se pregunta: ¿tiene sentido que trabajemos todos así, amontonados de esta manera?


En Reino Unido, la mayor parte de las oficinas de comienzos del siglo XIX estaba en un sótano húmedo o en áticos con corrientes de aire, donde los trabajadores contraían dolor de espalda.
Pero para finales de ese siglo, comenzaron a aparecer oficinas gigantescas que giraban en torno a algo nuevo: el poder.
Desde fuera, la gran escala representaba la fuerza de la empresa, pero por dentro también se trataba del poder. Aquellos que lo tenían recibían un despacho privado, y los que no, estaban en el espacio abierto.


Para c ontrolarlos mejor
Los periodistas en redacciones abiertas pueden ser vistos por millones de espectadores.
El primer edificio de oficinas moderno fue el de la Larkin Administration, inaugurado en 1906 en Nueva York. Diseñado por Frank Lloyd Wright, estaba basado en el plano de una fábrica de espacio abierto, con un atrio gigante y muy pocas paredes.

"Lloyd Wright estaba interesado en crear grandes espacios al estilo de las catedrales por motivos estéticos", explica Jeremy Myerson, profesor de diseño en el Royal College of Art.
"Pero en realidad era muy útil para los directivos porque no tener paredes significaba que podían supervisar a los trabajadores en este espacio abierto y vigilarlos. Se trataba de ejercer el control".

Se prohibía hablar en el espacio de la oficina y en las paredes se escribían eslóganes motivacionales.
"El trabajo honesto no necesita patrón", decía uno, que supongo sería una versión temprana de los eslóganes modernos en los que se fomenta el trabajo en equipo.
Pero dichas exhortaciones no eran más efectivas entonces de lo que lo son ahora, al menos no impidieron que la empresa de jabones Larkin quebrara en los años cuarenta.


Estrategias del poder
Pero también entre aquellos que tenían despachos privados, había maneras de aplicar la jerarquía.

Placeres e inconvenientes del espacio abierto
Pueden ser ruidosas y distractoras o depresivamente silenciosas, y los roces con los compañeros están garantizados, por lo que es difícil entender por qué se insiste en obligar a la gente a trabajar en oficinas de espacios abiertos.

Un estudio de 2009 publicado en la revista de salud Asia-Pacific Journal of Health Management constató que el 90 % de los estudios sobre oficinas de espacio abierto las asociaba con problemas de salud como el estrés y una alta presión arterial.
En el borde, donde estaban las ventanas, se sentaban los directivos. Cuanto más importante el directivo, mejor la vista.

"En una empresa típica, al jefe le dan un despacho en la esquina con la mejor vista. Las oficinas de sus subordinados se ramifican desde la esquina en un nivel descendiente según el rango. Estar cerca de los poderosos es una prueba de estatus", escribió el crítico social estadounidense, Vance Packard, en 1959.
"Los escritorios también están típicamente divididos por rango. La caoba supera al nogal, y el nogal supera al roble", añadió.

Pero no sólo es cuestión de tamaño. Los directivos verdaderamente importantes tenían oficinas más caseras, para distanciarlas de cualquier señal real de trabajo.
Y el objetivo de la oficina no era sólo impresionar a las visitas, sino también ponerlas en una ligera desventaja.

Un directivo le explicó así el diseño de su despacho al experto en eficacia, Lee Galloway, en 1913:
La organización de los despachos refleja la jerarquía en una empresa.
"Cuando un vendedor llega, le pido que se siente de frente a la ventana. Como la luz le da directamente en la cara, puedo interpretar los mensajes sutiles de sus ojos y su expresión facial.
"Por otro lado, si estoy intentando venderle algo a una visita, le cedo la silla cerca de la calefacción. El visitante puede mirarme a la cara, que está en plena luz, y así le sumo a mis poderes de persuasión la influencia de mi expresión facial".

El magnate de Hollywood, Harry Cohn, insistía en mantener su enorme mesa semicircular sobre una plataforma a 9 metros exactos de la puerta. "Para el momento en que llegan a mi mesa", dijo, "están vencidos".

A veces he sido objeto de este tipo de truco. Recuerdo haber ido a visitar a Lord Weinstock, el presidente de la empresa General Electric, en los años 80 y haberlo encontrado sentado bajo una inmensa luz sobre su despacho, mientras yo estaba sentada en la oscuridad.


Espacio único para todos
La estrategia opuesta era, por supuesto, desmantelar las oficinas por completo y hacer que el jefe trabajara con los demás.

En la década de los 60, los alemanes fueron pioneros en esta idea como parte de una reacción general en contra de la jerarquía. El nuevo movimiento se llamaba Burolandschaft, que significa paisaje de oficina.
Se eliminaron las disposiciones reglamentadas y el silencio obligatorio, y llegaron numerosas macetas con plantas y la idea de que todos podían hablar con todos. Pero la jerarquía no fue fácilmente despachada.

El arquitecto Francis Duffy describió su visita a una persona importante en una oficina de este tipo: "Se hace evidente que él tiene cierta importancia por el hecho de que tiene más espacio y mejores equipos que su plantilla", dijo.
"Pero aún así, ocupa su lugar en el espacio abierto, así como lo hace el director ejecutivo. En su oficina, nadie grita, incluso los teléfonos han perdido su tono estridente".


Llegada y declive de los c ubículos
El sistema de cubículos está de retirada.
Mientras tanto, en Estados Unidos estaban lejos de sacar al jefe de su despacho en una esquina, pero empezaron a darse cuenta de que las oficinas al estilo de las fábricas tenían su lado negativo.

En la década de los 60, Herman Miller, fabricante de mobiliario de oficina, contrató a un profesor de bellas artes llamado Robert Propst para que, cuaderno en mano, fuera haciéndole preguntas a miles de trabajadores de oficina.
Las preguntas eran del tipo:
  • "¿Qué porcentaje de su jornada laboral pasa en las siguientes posturas: sentado/de pie/caminando/en posición supina/durmiendo/otra?" y
  • "¿puede dormir una siesta en su oficina sin pasar vergüenza?".
No quedó impresionado con lo que averiguó.
"Estamos atrapados en un juego de continuos saludos estúpidos", decía una respuesta.
"No podemos evitar estar expuestos, vemos a todo el mundo pasar. Podemos ver a la misma persona pasar 30 veces. ¿Qué hacer? ¿gastar tiempo en un acto de reconocimiento cada vez que una persona pasa al lado? Acabas distraído e irritado por este exceso de exposición".


De camas a escritorios "calientes"
"Mesas calientes" hace referencia a la idea de que los empleados no retienen un escritorio fijo en una oficina y es parte clave de la movida de las organizaciones hacia lugares de trabajo más baratos y flexibles. Cuanto más trabajen desde casa los empleados, más podrán las organizaciones empequeñecer sus oficinas para acoger sólo al número de personas que están allí cada día.

Según Franklin Becker, psicólogo social en Cornell University, la idea se originó en la marina. En un barco hay muchas menos literas que marinos. Cuando un marino terminaba su turno, se acostaba en la cama que recién había sido liberada, y todavía estaba cálida. O quizá, si el ocupante previo tenía fiebre, caliente.
En Estados Unidos, el término no se percibe como muy atractivo. Cada vez se utiliza más la expresión "hotelling" en lugar de mesas calientes.

Su solución fue la "oficina en acción", un sistema por el que se podía personalizar el mobiliario individualmente. Uno de sus elementos era algo que afectaría a los trabajadores estadounidenses durante las siguientes tres décadas: las mamparas.
Las empresas de EE.UU. se volvieron locas de entusiasmo: en parte porque las mamparas desgravaban impuestos después de siete años, en lugar de los 30 de las paredes, y así nació la idea del cubículo. La cotización de las acciones de Herman Miller se multiplicó por 40.
"Combinaba la alienación de los despachos privados con un tedio similar al de escuchar a la gente en una parada de autobús", añade Jeremy Myerson.

Y por tanto ahora hemos vuelto a los espacios abiertos. Nadie en Estados Unidos construye cubículos y en Reino Unido realmente nunca lo hicieron. Se ha vuelto a las filas de escritorios, donde si alguien quiere privacidad, usa los audífonos.
A menudo, el empleado no tiene ni siquiera un escritorio propio, lo tiene que compartir. El fenómeno de los "escritorios-calientes" es una idea desagradable con un nombre detestable.
Por supuesto, la razón principal por la que las empresas adoran los espacios abiertos es que es más barato.
Pero también porque seguimos con la idea de que es esencial poder vernos los unos a los otros. Si se colocan paredes, están hechas de vidrio, así que no hay cómo esconderse.

Si quiere tener una conversación privada en el trabajo, es mejor tenerla en un espacio público, como la escalera o la cafetería, en lugar de hacerlo en la pecera en la que se ha convertido la oficina.

Hay algo cómico si se piensa que en las primeras oficinas de espacios abiertos se suponía que la gente iba a hablar lo menos posible. Ahora nos hemos ido al otro extremo y se espera que hablemos los unos con los otros el máximo posible.

Pero quizá deberíamos ser recelosos a la hora de buscar el diseño perfecto para las oficinas.
Como C. Northcote Parkinson señaló en los años 50: "El diseño perfecto sólo la consigue una institución al borde del colapso".

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