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EL PANTALÓN, UNA HISTORIA DEL PODER 4/4

ADN, La Nación

Luisa Corradini


Persistentes enemigos

A pesar de esos avances, el pantalón siguió contando con acérrimos enemigos a lo largo del siglo XX. La Iglesia, históricamente obsesiva en cuanto a las apariencias, multiplicó sus condenas entre las dos guerras.

En octubre de 1919, el papa Benedicto XV declaró: “Es un deber grave y urgente condenar las exageraciones de la moda. Nacidas de la corrupción de quienes las lanzan, esas toilettes inapropiadas son uno de los fermentos más poderosos de la corrupción de la moral”.

El catolicismo practicante estigmatizaba las frivolidades, los trajes de playa y de deporte, el maquillaje, las joyas, los escotes impúdicos, los vestidos cortos de 1925, los brazos desnudos, las danzas modernas, el “mal” teatro y el “mal” cine.

“Está prohibido prohibir”, decían los muros de París en Mayo de 1968. Sin embargo, si bien la ordenanza napoleónica de 1800 había caído en el olvido, la prohibición del uso del pantalón femenino nunca fue derogada y sigue rigurosamente vigente en Francia.

Después de la rebelión estudiantil del 68, las jovencitas siguieron teniendo prohibido ir con pantalón al colegio secundario. Sólo estaba autorizado en los días de mucho frío.

Profesora en el prestigioso liceo Henri IV de París, Colette Cosnier relata hoy un episodio que la marcó, cuando el director la reprendió porque vestía un pantalón un día de frío glacial.

Pero, señor director, ¿a partir de cuántos grados bajo cero puedo venir en pantalón? —le dijo.

No lo sé. Yo siempre me pongo uno.

Contrariamente a lo que se podría suponer en el mundo occidental, donde el respeto por la libertad y el libre albedrío son el fundamento de la sociedad, aún hoy los uniformes son la norma (en la restauración, la seguridad o el transporte) y los empleadores suelen exigir una “correcta presentación”.

En el Viejo Continente, ni la Convención Europea de Derechos Humanos ni la Carta de Derechos Fundamentales del Ciudadano evocan la libertad para vestirse.

Todavía hoy, hay mujeres en ciertos países de Europa y Estados Unidos que son despedidas por vestirse con pantalón. Y no hay duda de que la apreciación de lo que podría llamarse “una vestimenta apropiada” es uno de los terrenos donde el abuso de poder del empleador puede ejercerse con más facilidad.

Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos por contenerlo, el pantalón progresó inexorablemente. La moda fue su vector privilegiado y la que le otorgó sus letras de nobleza.

Hoy, el mundo profesional lo acepta mucho más fácilmente aun cuando la falda sigue siendo casi obligatoria en ciertos actos públicos o sociales.

Christine Bard reconoce que no es fácil hallar estadísticas precisas para cifrar esa vertiginosa evolución.

Sin embargo, entre 1971 y 1972, repertoriado en la categoría “prendas de deporte”, las mujeres mayores de 14 años habían comprado en Francia unos 12.363 pantalones por año. Diez años después, ese rubro había aumentado a 2,7 millones.

En 1984, las mujeres francesas utilizaron 17 millones de pantalones. Por primera vez en su historia, y sin distinción de sexos, el pantalón llegó ese año a ser la prenda más vendida.

Sin embargo, aún quedan bolsones de resistencia en los cuales el pantalón simboliza el rechazo a la igualdad de géneros. No en vano el medio más refractario fue el político, incluso en la actualidad.

A pesar de la igualdad de derechos políticos entre ambos sexos, proclamados alrededor de 1900 en Europa, las mujeres siguieron moviéndose en un medio extremadamente masculino y sus diferencias físicas y vestimentarias fueron siempre un problema que estuvieron obligadas a “administrar”, como lo ilustra perfectamente la anécdota que comienza esta nota.

En 1976, Alice Saunier-Seïté provocó un escándalo de proporciones cuando asistió a su presentación oficial como secretaria de Estado de Enseñanza Universitaria y el entonces primer ministro Jacques Chirac, estupefacto, descubrió que llevaba pantalones.

El jefe del gobierno francés solicitó de inmediato a su jefe de gabinete, Jérôme Monod, que informara a la rebelde que, vestida así, “degradaba su función y la imagen de Francia”. Terrible misión para ese hombre de maneras exquisitas, a quien la interesada respondió: “Si se trata de mis pantalones, diga al primer ministro que estoy obligada a esconder mis piernas, ¡porque son horribles!”.

Chistine Bard recuerda que la historia clásica de toda prenda pone de relieve tres funciones: el adorno, el pudor y la protección. Con el tiempo, esa historia sumó una cuarta función a las precedentes: la simbólica.

En el caso del pantalón -afirma la autora-, seguir el hilo conductor de su evolución fue lo mismo que acompañar la evolución de un sexo, situándola en el plano político.

Cada episodio de esa epopeya demuestra hasta qué punto la batalla del pantalón pone en crisis no sólo el universalismo democrático, tal como fue pensado por sus teóricos masculinos. También cuestiona el movimiento feminista en sí mismo, siempre atravesado por enfrentamientos entre defensoras del orgullo femenino y partidarias de la indiferenciación sexual, entre las que rechazan la virilización y las adeptas de un feminismo con escote.

Todas esas batallas terminaron por demostrar que el combate político es también un combate cultural y hasta qué punto la conquista de una auténtica ciudadanía femenina exigía también -y antes que nada- una verdadera revolución de las apariencias.


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