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EL PANTALÓN, UNA HISTORIA DEL PODER 3/4

ADN, La Nación

Luisa Corradini

Pero la querella de la culotte adquirió a veces contornos inesperados.

Madeleine Pelletier defendió “la virilización” de las mujeres.

La deportista Violette Morris (1893-1944), que nunca fue precisamente una feminista, se sometió a una ablación de los senos, antes de participar activamente como torturadora de miembros de la Resistencia en la Segunda Guerra Mundial.

Esos casos demuestran hasta qué punto la historia del pantalón fue ambivalente.

Según Bard, recién en 1851 el pantalón fue utilizado como arma política para desafiar la dominación masculina. La iniciativa pertenece a las feministas estadounidenses, entre ellas Amelia Bloomer, cuyo nombre dio origen a una corriente denominada bloomerism, en honor al pantalón tipo bombachón que solía llevar.

Pero quien realmente fue la gran figura de la virilización femenina a fines del siglo XIX fue George Sand. A lo largo de toda su vida, desde que tenía apenas cuatro años, la célebre escritora pasaba de un sexo al otro sin problema y sin solicitar autorización. Lo hacía en forma natural, como sólo saben hacerlo -afirmaba- las mujeres que están acostumbradas a no ser consideradas demasiado femeninas.

Las razones que invocaba no eran desdeñables: la libertad de movimientos y sus convicciones políticas: “Sólo tengo una pasión: la idea de igualdad”, proclamaba.

En respuesta al periodista Adolphe Guéroult, que le sugería dejar de travestirse, le dijo:

"Quédese tranquilo, mi ambición no es alcanzar la dignidad del hombre, pues ella me parece demasiado irrisoria como para preferirla a la servidumbre de la mujer. Pero pretendo poseer hoy y para siempre la soberbia y total independencia que ustedes creen tener, solos, el derecho de disfrutar".


No todo fue feminismo

La autora de Una historia política del pantalón señala que la progresiva popularización del pantalón a lo largo del siglo XX no fue sólo producto de la lucha por la igualdad de sexos. Otros factores también influyeron: la banalización de las actividades deportivas, pero también el higienismo, la preocupación por proteger el cuerpo femenino y desde luego, el aumento vertiginoso del trabajo femenino, que se aceleró al final de cada una de las guerras mundiales.

“Tampoco se puede olvidar a la vanguardia artística, pintoras, cantantes, actrices, escritoras, modelos y mundanas de un París-Lesbos, donde los idilios sáficos habían dejado de ocultarse”, precisa Bard.

Otro elemento nuevo vino a generalizar aún más la utilización del pantalón y a activar la controversia sobre su emancipación desde fines del siglo XIX: la democratización de la bicicleta.

El historiador Christopher Thompson, que se interesó en las ciclistas, considerándolas “el tercer sexo”, diagnosticaba una doble revolución en la vestimenta y en el terreno sexual, que se operaba en la burguesía urbana.

“Es verdad que el desarrollo de ese deporte ha hecho dar al sexo femenino un paso importante en el camino de su emancipación, de la afirmación de su personalidad. Pero también es verdad que el pantalón o la falda muy corta, recientemente inauguradas por las cyclewomen, les da una fisonomía hasta ahora desconocida”, escribió en 1896. “Esta revolución en la ropa podría tener, moralmente, una consecuencia muy grave [...]. Por primera vez, sin que la ley pueda garantizar al hombre el monopolio, la mujer le disputa el atributo masculino por excelencia: el pantalón.”

Pero el portentoso terremoto social que provocaron las dos guerras fue decisivo para el avance del pantalón. Su utilización se extendió a todos los sectores de la sociedad por razones prácticas: a las fábricas, a las fuerzas armadas y a la calle.

En Estados Unidos, Alemania, Inglaterra o Francia, las mujeres lo usaban y las revistas lo mostraban.

Flamante ciudadana estadounidense, Marlene Dietrich vestía diferentes uniformes en cada uno de sus viajes y en escena, durante sus giras patrióticas.

La misma princesa Isabel de Inglaterra se dejó fotografiar con un pantalón del Auxiliar Patriotic Service, mientras cambiaba un neumático.

Pocos años después, en Francia, Jean Seberg, Brigitte Bardot y Françoise Sagan se transformarían en símbolo de la liberación sexual y en íconos de la modernidad.

“En plena Guerra Fría, el pantalón se inscribió claramente en el campo de la libertad, mientras que en la Unión Soviética la voluntad igualitaria y la hostilidad a una moda burguesa sirvieron de pretexto al rechazo de esa excentricidad”, anota Bard.

Vestimenta tabú para las autoridades soviéticas, el pantalón estuvo, sin embargo, presente en los desfiles de moda de todos los países del Este. Y si bien terminó por popularizarse en las ciudades alrededor de 1970, las viejas generaciones soviéticas nunca llegaron a aceptarlo.

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