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EL PANTALÓN, UNA HISTORIA DEL PODER 2/4


ADN, La Nación

Luisa Corradini

Rompiendo con el aspecto frívolo de las aristócratas, los hombres permitieron a las ciudadanas revolucionarias reivindicar el uso del uniforme y, sobre todo, parecérseles, al punto de atemorizarlos. A cambio, ellos renunciaron a los colores vivos y a mostrar sus piernas. Esa ruptura política dejó de manifiesto una aspiración a la libertad y a la igualdad. Libertad de movimientos e igualdad de sexos. Aunque… si cada cuerpo era un ciudadano, el masculino lo fue siempre un poco más.

La Revolución liberó los cuerpos, pero no todas las convenciones sociales: para la mujer, el pantalón siguió siendo considerado un disfraz, durante mucho tiempo.

Con el retorno del lujo durante el Directorio (de 1795 a 1799), una ordenanza prohibió a las mujeres el uso de “prendas de otro sexo” y el Código Napoleónico (1804) reforzó el poder masculino. Una mujer obtuvo, sin embargo, en 1806 “el permiso de travestirse” para montar a caballo. Pero, en realidad, las únicas mujeres autorizadas a usar pantalón en forma permanente eran las mujeres barbudas…

Al mismo tiempo, si bien el pantalón terminó por transformarse en un símbolo de la lucha femenina por la igualdad de sexos, también podría haber pasado a la historia como emblema de lo que algunos llamaron “el gran renunciamiento masculino”.

Esa expresión fue acuñada por el psicoanalista inglés John Carl Flügel (1884-1955): “Si bien las mujeres obtuvieron una gran victoria con la adopción del principio erótico, los hombres renunciaron a su derecho de utilizar diversas formas de adornos brillantes, alegres y refinados, dejándolo todo al uso exclusivo de las mujeres. El hombre cedió sus pretensiones a la belleza y tomó lo utilitario como fin único y exclusivo”, escribió Flügel.

Empero, en las sociedades cientificistas de comienzos de 1800, la inferioridad femenina era el discurso oficial.

El hombre estaba concebido para pensar. La mujer, para reproducir. La biología, mezclada con la filosofía, daba los fundamentos del orden moral.

Jean-Jacques Rousseau, que a mediados del siglo XVIII era la referencia de los medios progresistas, afirmaba sin ruborizarse en su Emilio:

Toda la educación de la mujer debe estar pensada en función del hombre. Agradarle, serle útil, hacerse amar y honrar por él, educarlo cuando es joven, cuidarlo de grande, aconsejarlo, consolarlo, hacerle la vida agradable y dulce: ése es el deber de la mujer desde siempre. Esto debe enseñársele desde la infancia.

“El simple hecho de que la mujer vistiera un pantalón la asimilaba a un travesti cuyo género (masculino) había dejado de corresponder a su sexo: una perturbación intolerable en el siglo XIX”, recuerda Bard.

En ciertas sociedades, en efecto, el sexo puede estar disociado del género.

En Afganistán o en el norte de Albania, por ejemplo, desde hace siglos se autoriza a ciertas mujeres a vestirse como un hombre y a desempeñar un rol masculino. En un hogar donde no hay hijos varones, una niña puede transformarse en “virgen juramentada” y permanecer con sus padres para poder heredarlos.

“Es una solución para aquéllas que quieren evitar el matrimonio. Se cortan el cabello, se ponen un pantalón y renuncian en forma solemne a toda vida sexual. Transformadas en el hombre de la casa, participarán de la vida social masculina e incluso podrán integrar ciertas asambleas locales”, relata Bard.

Esa posibilidad suele representar una excelente forma de evitar la dominación masculina, extremadamente fuerte en esas sociedades patrilineales.

La diferenciación según el sexo es una ley fundamental que tanto las autoridades políticas como religiosas hicieron respetar desde la Antigüedad: “Una mujer no llevará un traje masculino y un hombre no usará una prenda de mujer. El que así actúe cometerá una ofensa a Jehová, tu Dios”, dice la Biblia (Deuteronomio 22:5).

La confusión de sexos es uno de los grandes pavores de Occidente desde la Edad Media, precisa Bard.

La diferencia reside en que el hombre se envilece usando el hábito de alguien inferior a él, mientras que la mujer sube en la jerarquía y -en ese caso- puede obtener múltiples beneficios.

Utopía y arma política

Explorando el tema del pantalón es posible cruzarse con algunas de las figuras que más hicieron por la libertad y la igualdad de la mujer. Naturalmente, están George Sand y Colette, pero también Sarah Bernhardt y Brigitte Bardot.

La prenda liberadora fue recuperada por los utopistas del siglo XIX y, después, por escritoras y artistas. En 1820, prácticamente todos los hombres habían adoptado el pantalón. Para las mujeres, por el contrario, la moda y las leyes napoleónicas imponían rigideces cada vez mayores.

Para el socialismo y el feminismo, ambos de dimensión internacional, la vestimenta comenzó a ser un instrumento de lucha. Ésa era, por ejemplo, la opinión de la inglesa Catherine Bamby, que publicó en Londres The Demand for the Emancipation of Women (1843): “La mujer es esclava de las instituciones políticas, pero también sierva de las reglas sociales: las costumbres, sobre todo vestimentarias, la tiranizan”, escribió.

“Yo me vestía de hombre para no molestar ni ser molestada”, dirá la militante anarquista Louise Michel (1830-1905). Aunque muchas veces, por el contrario, se trataba precisamente de molestar.

Colette llevaba un traje de hombre y se mostraba en público con una dama en pantalón que pasaba por un hombre. Otras veces se vestía de marinero. “Quiero hacer lo que se me da la gana. Quiero jugar a la pantomima, incluso hacer comedia. Quiero bailar desnuda si la ropa me molesta o arruina mi plástica”, declaró a un periodista en 1907.

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